Poesía

 Río San Juan

 I

Camino líquido de garzas blancas

noventa kilómetros abajo del Río San Juan

en Bartola,

verde posada

de una viva postal del trópico

nunca enviada al Polo Norte

Y frente a Costa Rica

-que pobres y que ricos los ticos-,

junto a ese río,

de este lado del querer, donde

los antiguos ramas fueron dioses y mártires,

dijo ella:

«Alguien necesita ser amada…»

Un pajaro guiss sobrevoló junto a tu voz,

y sabiendo que ya te amaba

callé,

callé,

callé,

diciéndote con la noche,

dicéndote con el río,

diciéndote con el guiss:

«Y alguien necesita amar…»

Un mosquitero de explorador africano en Cuba

tan grande fue Compay Segundo—,

después,

después,

después,

nos envolvía con todo y cama de leño genízaro

Solo el aire del río entraba,

sólo la ventana del cielo entraba,

sólo la onomatopéyica natural de la selva entraba

-lo que quedaba de ella-,

porque el reciente buey de la barranca en el poder

-que era grasa pura y delgado de justicia-,

tenía tantas vacas en sus fincas

por las cuales derribar cientos de árboles….

Sólo los dos,

sólo los dos,

solos los dos,

entrábamos y salíamos y entrábamos,

solos los dos

-y no era triste porque fue verdad-,

fuimos hacia el humedal de los sueños

Y nada se oía,

tanto,

tanto,

como el tacto cruzado de nuestra presencia,

como el „necesito ser amada“ de tu ciencia,

como el „necesito amar “ de mi ignorancia

-aún sabiendo que ya te amaba desde antes-,

como la fragua de todo encuentro

y su mágico sonido de la creación del mundo

que nos llevaba,

al amanecer,

al amanecer,

con botas y ropas campesinas

hacia el temor de la mordida de la serpiente terciopelo

Tú debistes

cerrar los ojos y acostar tu mejilla junto a la de al lado,

y ya no importar,

ni mañana ni ayer

como hoy sí sabríamos recordarlo

Alguien debió en ese instante,

en aquél instante

en este instante,

cruzar de nuevo los raudales del diablo

del río San Juan,

enterrar el ojo del almirante Nelson en El Castillo,

ser un derrotado filibustero americano que no llegó a tiempo para quemar Granada,

leer epigramas enamorados del padre y poeta Cardenal,

olvidar a Osama y la guerra de ventrílocuos terrores,

escribir tu nombre de paz

a lo largo de las riveras del río San Juan hasta la Raas,

y pintarlo

con colores de Solentiname

cayendo la tarde desde Los Chiles.

II

Ser danto y venado cola blanca

entraba pues también en el inventario,

pero más que ello,

era intentar cruzar ambos aquél instante

para que no fuera, este presente,

un estante de polillas…

Era sólo de cruzar mares y tierras

para hospedarnos en un rinconcito del cualquier cielo,

libres de toda pena,

en el refugio silvestre y terrenal

de nuestra naturaleza, agradecida,

pero sin dueños…

III

Era

-a quien sí y a quien ya no importa-

el Refugio de Bartola,

sobre el río San Juan,

dentro de territorios de la reserva Indio Maíz

Atrás quedaron

las dos chelas colgadas en sus hamacas,

atrás,

el mono aullador que no se dejaba fotografiar,

atrás,

Marcelino y su soledad,

atrás,

el gato de monte que también quería camarón de agua dulce

Y lo sabremos los dos

porque atrás quedó también el jueves santo,

porque ya no temimos a la serpiente terciopelo

Lo sabremos,

y lo sabrá el río San Juan

-por donde pasara la fiebre del oro del oeste norteamericano-,

pero lo sabremos los dos,

ante todo,

porque nadie necesitaba ser tan amada

como yo necesitaba amarte en el río San Juan…

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